Una noche de abril

La autopista se iba iluminando a medida que un vehículo de color azul oscuro iba avanzando. La noche era tranquila y no había mucho tráfico. Todo iba como la seda.

El joven que conducía aquel turismo tomó un desvío y se internó por una carretera secundaria.

Avanzó tranquilamente durante un cuarto de hora hasta que algo que había en la vía le hizo detenerse: se trataba de un objeto luminoso que se mantenía inmóvil sobre el asfalto.

Tras detener su coche el muchacho abrió la portezuela y salió fuera. Entonces comenzó a caminar despacio hacia aquello: parecía tratarse de una nave de forma esférica.

David alzó su mano derecha para evitar ser deslumbrado por la luz que desprendía aquel extraño aparato. Luego trató de acercarse a la esfera luminosa que tenía delante. Atisbó una abertura y se aproximó con cierta cautela.

Antes de acceder al interior de la nave se detuvo y dudó un poco: pensó que tal vez podía ser peligroso aventurarse allí dentro.

Sin embargo la curiosidad pudo más y se deslizó hacia el interior del aparato. Enseguida sintió que lo agarraban y perdió el conocimiento.

Cuando despertó se encontraba dentro de su coche a un lado de la carretera. Ya estaba casi amaneciendo, pero no había nadie más por allí.

Tenía una sensación extraña. Era como si hubiera pasado algo. Aunque no lograba recordar con claridad lo que había ocurrido.

Trató de recomponerse un poco y miró el espejo retrovisor: algo brillaba en el lóbulo de su oreja. Se quedó bastante sorprendido. Nunca había llevado ese tipo de cosas: no le gustaban.

¿Cómo diablos había llegado a parar ese brillante a su oreja?

Intentó recordar, pero no lograba encontrar una respuesta. Tocó aquello con su dedo índice y se rascó la cabeza: tenía que seguir camino.

Puso el coche en marcha y abandonó aquel lugar.

Muchas millas más arriba en una luminosa nave esférica un humanoide miró a su copiloto con una sonrisa y alzó el pulgar.