Era media tarde y no quedaban muchas horas para que empezase a oscurecer. La carretera parecía interminable y el paisaje era árido y monótono. No había nada reseñable en kilómetros a la redonda y el conductor del automóvil que avanzaba por la vía esbozaba un ligero gesto de aburrimiento.
Entonces el motor del vehículo comenzó a fallar.
Bruno se extrañó y trató de continuar: la marcha se iba dificultando cada vez más hasta que finalmente el coche se detuvo. Una sensación de cierto temor se apoderó de nuestro viajero que tras quedarse unos instantes medio bloqueado abrió la portezuela y salió del vehículo. Con cara de preocupación levantó el capó y vio salir una fina columna de humo. Se llevó una de sus manos a la nuca: estaba perdido.
Por allí no había ningún taller al que poder acudir y raramente pasaban coches o camiones a esas horas por esa carretera.
Miró a un lado y a otro de la vía y luego volvió a su asiento. Encendió un transistor que tenía en la guantera y se puso a escuchar una emisora.
Unas horas más tarde empezó a oscurecer.
Bruno salió fuera y cerró el capó. Luego volvió al interior del turismo pensando que quizá pasase algún camionero por allí de casualidad. Poco después la oscuridad era casi total. Bruno asumió que tendría que pasar la noche donde estaba si nadie lo remediaba.
Entonces vio brillar en el oscuro cielo algo que pronto empezó a acercarse. Viró en el aire y ascendió perdiéndose momentáneamente de vista. Luego una potente luz que venía de arriba lo llenó todo alrededor del vehículo. A continuación la luminosidad se atenuó y Bruno vio aparecer a unos metros una nave que aterrizó sobre la vía.
Nuestro sorprendido amigo no daba crédito: aquello era increíble. No podía ser cierto.
Cuando más absorto estaba se abrió una compuerta y un humanoide de piel aceitunada salió del luminoso aparato sideral. Aquel hombrecillo llevaba una gorra y parecía sonreír. Tras aproximarse un poco se volvió la visera hacia atrás y dio unas palmadas zapateando.
Bruno se quedó perplejo. El extraño individuo señaló el capó y lo levantó.
Algo confundido el terrícola salió del coche y observó al recién llegado. Sin dejar de sonreír el humanoide sacó un artefacto con el que iluminó el motor. Luego hizo unos ajustes con una especie de llave que echaba chispas.
Cuando acabó guardó su instrumental y cerró el capó. Entonces alzó el pulgar y mirando al terrícola sonrió de nuevo. Luego volvió a dar palmadas y zapatear. Finalmente se fue hacia la nave que poco después se elevó y se perdió de vista en el cielo.
Bruno se metió en el vehículo y probó a poner en marcha el motor: funcionaba a la perfección.
Nuestro querido conductor pudo continuar su camino dando las gracias a las alturas. Mientras avanzaba recordó el brazalete fosforescente que portaba el humanoide. En él se distinguían dos letras: M. G.
¿M.G?
¿Mecánico Galáctico?
