Era una noche tranquila. Nada hacía presagiar que pudiera pasar algo. Sobre todo nada que fuera ajeno al ambiente navideño que lo inundaba todo.
De pronto aparecieron en el oscuro cielo unas extrañas luces que venían de otro mundo: se trataba de dos naves que sobrevolaban una zona residencial. Una de ellas comenzó a descender despacio mientras la otra parecía mantenerse a la espera a una cierta altura.
Poco después la primera nave aterrizó en el jardín de una de las casas de aquella zona. Las luces de posición del aparato no dejaban de parpadear aunque se iban atenuando. Unos dos minutos pasaron desde que la nave tomó tierra hasta que se abrió una portezuela más bien estrecha. Por aquella angosta abertura emergieron unas figuras humanoides ataviadas con trajes negros de ribetes plateados.
De manera sigilosa se acercaron a la puerta de la casa. Uno de aquellos sujetos sacó de su cinturón una especie de llave que encaró hacia la cerradura: un brillo dorado cubrió casi toda la puerta. El tipo que iba delante empujó suavemente con una de sus manos y accedieron al interior de la casa. Casi enseguida descubrieron el lugar donde estaba el árbol de navidad que brillaba encendido con lindos colores.
Uno de los intrusos se acercó a aquel señalado rincón del salón y dejó allí un paquete envuelto lujosamente. Los dos extraños no se entretuvieron mucho más y se retiraron con sigilo.
Uno de los niños de la casa que estaba despierto a esas horas en la cama percibió unas luces que parecían venir del jardín.
Tras levantarse se acercó a la ventana y pudo ver una nave que se elevó despacio hasta una cierta altura. Se emparejó con otra y después de unos instantes tomaron velocidad para acabar desapareciendo en el oscuro cielo nocturno.
El chiquillo se quedó intrigado y tras dudar un poco bajó por las escaleras sin hacer ruido y se dirigió despacio al salón. Junto al árbol descubrió un paquete que estaba envuelto con un papel de color verde brillante y que desprendía un ligero resplandor.
El niño desconcertado volvió a su habitación y se arropó en la cama.
Cuando al fin comenzó a amanecer todos los miembros de la casa se reunieron en el salón y abrieron el paquete verde que había bajo el árbol de navidad. En su interior descubrieron un osito de peluche también de color verde que tenia los ojitos encendidos con una leve luz.
Parecía un excelente regalo.
Lo que no sabían nuestros amigos era que el osito escondía una cámara a través de la que los astutos extraterrestres podían espiar la vida privada de los terrícolas.

